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Qué es la frustración. Por qué algunos niños tienen tan poca tolerancia a la frustración. A qué se debe, es sólo cuestión de carácter o influyen los factores medioambientales. Qué podemos hacer para trabajar esta baja tolerancia a la frustración.

¿Quién no ha sido testigo de una pataleta, llantos desesperados y berrinches desconsolados en un niño cuando no consigue a la primera lo que quiere? ¿Vives situaciones de este tipo con tu propio hijo? Si has respondido afirmativamente, entonces estás, probablemente ante un caso de baja tolerancia a la frustración.

Pero, qué entendemos por frustración. La frustración es un sentimiento que surge cuando no logramos conseguir nuestros deseos. Nos pasa a todos en mayor o menor medida, pero se supone que los adultos hemos aprendido a controlar las frustraciones. Aunque a veces veo casos que me hacen pensar que tal vez es mucho suponer…

Lo que es evidente es que en los niños se manifiesta con expresiones de ira, rabia y ansiedad. Niños que son exigentes y muy demandantes de la atención del adulto, que son impulsivos, impacientes y les cuesta manejar las emociones. Son niños poco flexibles y con grandes dificultades para adaptarse a situaciones nuevas o que no son como ellos esperan que sean.

Claro, es que estos pequeños aún no han aprendido a saber controlar ese sentimiento de frustración. También para esto el aprendizaje es un pilar fundamental, aquí es donde la labor que hacemos los padres cobra crucial importancia.

¿A qué puede ser debida esta baja tolerancia a la frustración?

Podemos hablar de la influencia tanto de factores biológicos como de factores medioambientales.

Respecto a los factores biológicos, cada niño nace con un carácter propio, algunos son más impulsivos y autoexigentes que otros. Frecuentemente, esto les conduce a no aceptar sus errores, ni los “NO” que pone la vida. De ahí que nosotros, como padres-educadores, seamos conscientes de la importancia que representa el hecho de saber modelar su forma de actuar.

En cuanto a las características medioambientales, éstas se refieren a la familia y a todo aquello que rodea al niño: la sobreprotección es un factor influyente ¡Muy influyente!

Queremos proteger tanto a nuestros hijos que perdemos de vista que también tienen que aprender a base de ensayo y error, siendo así capaces de desarrollar sus propias estrategias cuando alguna situación les llega de frente y, además, torcida. Aquellos niños a quienes sus padres les evitan situaciones problemáticas, no sabrán cómo actuar cuando sus mayores no estén para resolverle el problema.

Por otro lado, mientras más pequeño es el niño, más siente que el mundo gira a su alrededor y que todo lo merece. Es entonces cuando todo límite lo experimenta como algo injusto que va en contra de sus deseos, dada su incapacidad de ponerse en el lugar de otro (todavía no tiene desarrollado el mecanismo psicológico denominado empatía), el niño no alcanza a comprender por qué no le conceden lo que él quiere. Es aquí cuando surge la frustración frente al NO del padre-educador.

Pero ese NO es el mejor consejero y aliado para nosotros que, como educadores, nos debemos a la digna labor de saber enseñar a nuestros hijos dónde están los límites. Esta es una ardua tarea que, si bien se puede alargar hasta avanzada edad, se hace necesario que la realicemos concienzudamente durante esos primeros años en los que la plasticidad emocional es mayor. Hacer visible esos límites que enseñan, a cualquier persona, que su derecho termina donde empieza el del otro.

Por lo tanto, a menos que queramos criar a un monstruo de egocentrismo, a un pequeño tirano preñado de poder, esos límites han de ser puestos con tranquila firmeza. La frustración que deviene al niño la expresa a través de gritos, rabietas y lloros. Estas son, en definitiva, constantes y recurrentes “llamadas de atención” que deben pasar como pasa una tormenta de verano.

En la medida que dichas manifestaciones se vean acalladas con una recompensa o consuelo (como el frecuentemente utilizado «pobrecito, si es que aún es pequeñito»), la pataleta será una conducta conveniente para el niño. Éste que, aunque es pequeño, pero no tonto, pensará: «si me amorro, lloro, grito y pataleo, alguien me consuela y así obtengo lo que quiero».

El asunto, llegado este punto, es nuestra propia capacidad de no sentirnos sobrepasados por esa expresión de frustración. Más bien, al contrario, debemos tomar conciencia de la baja tolerancia a la frustración que manifiesta el niño y, sobre todo, de las razones que la causan. Si entendemos el porqué, nuestra intervención será más apropiada.

¿Qué podemos hacer para trabajar esa baja tolerancia a la frustración?

Existen cinco cuestiones que deberemos tener en cuenta para trabajar la baja tolerancia a la frustración de los niños:

  1. Ser un ejemplo

Tenemos que actuar como modelo ante el niño. Si nosotros somos los primeros que perdemos los nervios ante cualquier pequeño contratiempo, este será el ejemplo que el niño estará viendo y del que aprenderá.

  1. Premiar el esfuerzo

Tenemos que trabajar el esfuerzo. Evitar que el niño adquiera el compromiso de hacer cosas que le pueden costar cierto esfuerzo, es impedir que el niño desarrolle lo que llamamos la cultura del esfuerzo. Así pues, permitámosle hacer actividades en las que tenga que poner empeño para realizarlas.

  1. No hacer drama

Debemos evitar dramatizar. Si al niño no le sale algo bien, no pondremos el grito en el cielo. Le enseñaremos a rectificar sin hacer de ello un drama. La vida es un continuo aprender.

  1. Explorar con él los motivos

No razonaremos con el niño cuando esté enfadado. Es preferible esperar a que se calme para entonces intentar razonar acerca de los motivos que le han llevado a desarrollar ese comportamiento, así como las consecuencias del mismo.

  1. Desarrollar su paciencia

Debemos enseñarle a esperar. Permitirle y consentirle todo al instante es practicar con intensidad el acercamiento hacia la frustración. Si quiere ver la tele ¡YA!, le haremos esperar unos minutos. Si quiere terminar de comer rápidamente para irse a jugar, le invitaremos a que se queda un poquito más con nosotros, compartiendo espacio, tiempo y conversación en la mesa.

Cuando empecemos a notar que el niño ya no se enfada en exceso, o se enfada de tarde en tarde. Cuando nos demos cuenta de que no evita situaciones que antes le provocaban frustración. Cuando notemos que cada vez protesta menos y que sabe escuchar más, entonces podremos sentirnos satisfechos, ya que esto nos estará indicando que estamos haciendo bien nuestro papel de padre-educador.

 

Angélica Baeza desarrolla las especialidades de Neuropsicóloga, Coach personal, Psicopedagoga, Mediadora familiar y escolar, Perito Judicial de Familia en el centro psicológico del aprendizaje Novopedia en Alicante. Además, es Directora Pedagógica de Espacio 17 Musas.